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EL SER HUMANO SIEMPRE HA TENDIDO A ENCASILLAR A SUS CELEBRIDADES, ESPECIALMENTE DIVIDIÉNDOLAS EN DOS BANDOS: LOS BUENOS Y LOS MALOS. PERO EN LA VIDA NO TODO ES BLANCO O NEGRO. COMO CADA VEZ HAY MENOS ESPACIO PARA ECHAR FLORES SOBRE LOS BUSTOS DE LOS HÉROES, EN FEAR PLAY ARROJAREMOS LUZ SOBRE LOS OLVIDADOS, AQUELLOS QUE HAN SIDO DESTINADOS A DEAMBULAR ENTRE LAS TINIEBLAS DEL IMAGINARIO SOCIAL Y COLECTIVO.
 
 
José Gordillo
 

 
 
 
 
FEAR PLAY
 
 
 
 


 
 
Para los deportistas, para los entrenadores, para los agentes, para los dirigentes, para los clubes y los aficionados, para los árbitros, para las asociaciones, los patrocinadores y los medios, para el deporte; para el espectáculo.
 

Para los protagonistas, para los secundarios, para los extras, para los actores, para los directores, para los guionistas, para los cámaras, para los productores y los managers, para la taquilla, para el cine; para la industria.
 
Para los músicos, para los cantantes, para los compositores, para los bailarines, para los escultores y los pintores, para los dibujantes, para los escritores, para los ilusionistas, los acróbatas, para el arte; para toda la cultura.
 
Para los tíos, para los sobrinos, para los primos, para los cuñados, para los suegros y los yernos, para los abuelos y los nietos, para los hermanos, para los padres, para los hijos; para toda la familia.
  
No, esto no es un anuncio de Coca Cola. Son todas las personas, entre otras, para las que ha sido, es y probablemente será de vital importancia defender lo que conocemos como juego limpio o fair play. Si buscamos ahondar en esta definición encontraremos expresiones como "comportamiento leal y sincero", "buena conducta", "aceptación de la derrota" o "cumplimiento de las reglas", excepto aquel que dé con una localidad del condado de Park en Colorado, Estados Unidos, también llamada Fairplay. Este término fue engendrado hace cerca de un siglo por un sociólogo deportivo alemán, el Doctor Gunter A. Pilz, en el Instituto de Ciencias Deportivas de la Universidad de Hannover. El Doctor Pilz debía estar preocupado por la evidente falta de ética anclada en la sociedad de su tiempo, cada vez más competitiva. Así que el fair play, más allá del ámbito deportivo, estaba encaminado a establecer unas reglas morales de convivencia entre las personas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sin embargo, la naturaleza animal más profunda de nuestro ser no está concebida para acatar leyes. Es por ello que disfrutamos, muchos en secreto, cuando vemos a otros saltarse a la torera los códigos sociales y todo aquello establecido como correcto, ya sea de forma ficticia o real. ¿Ejemplos prácticos? Uno de los vídeos más vistos en internet es el que protagonizaron Detroit Pistons e Indiana Pacers en pleno partido de la temporada 2004/05 de la NBA. Aquel encuentro, disputado en el Palace or Auburn Hills de Detroit el 19 de noviembre, marchaba 82-97 para los visitantes A falta de unos 45 segundos para el final, Ron Artest, de los Pacers, realizó una falta crucial a Ben Wallace cuando éste se disponía a machacar el aro para poner a los suyos a solo 13 puntos. Wallace no encajó muy bien el golpe y empujó bruscamente a Artest, formándose así un pequeño rifirrafe entre jugadores y aficionados que se saldó con un total de 146 partidos de sanción (72 para el pobre Artest) y 11 millones de dólares en suspensiones de sueldo. Tal fue la persecución mediática sobre Artest que el inocente Ron tuvo que cambiarse el nombre en el registro civil en 2011 por el de Metta World Peace (Bondadosa Paz Mundial). 
 
Continuamos hablando de audiencias. Entre 1996 y 1997 se produjeron los dos combates de boxeo más vistos de la historia hasta entonces, con una recaudación de 35 millones de dólares cada uno. El evento enfrentaba en ambas ocasiones a los norteamericanos Evander Holyfield y Mike Tyson por el cinturón de campeón mundial de los pesos pesados. En el primer choque, Holyfield venció por KO técnico en once asaltos, aunque los entrenadores de Tyson alegaron que su contrincante había propinado múltiples cabezazos ignorados por los jueces. Apenas ocho meses más tarde se produjo la revancha, en la que Evander volvió a utilizar la misma táctica, esta vez sancionada por el árbitro. Pero ya era tarde. El bueno de Tyson entró en cólera y, como si de un pitbull juguetón se tratase, mordió las orejas de su rival en repetidas ocasiones. El combate fue suspendido y relevado por otro de dimensiones mayores sobre el mismo ring en el que más tarde se encontrarían restos de la oreja del púgil de Alabama.
 
No solo hablamos de desenfreno, también de picardía. Más de un espectador seguro que no pudo controlar alguna sonrisilla malévola durante el Masters 1000 de Montreal de 2015. En uno de los partidos de la segunda ronda el australiano Nick Kyrgios se tomó con tan buen humor el comienzo del segundo set ante Stan Wawrinka (juego 40-0 en contra) que decidió hacerle un favor mediante una amistosa confidencia: "Kokkinakis se ha acostado con tu novia, siento decírtelo, colega". El tenista suizo acabó retirándose del torneo, seguramente muy aliviado por haberse quitado un peso de encima gracias al chivatazo de su buen amigo Nick.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Si hablamos del deporte rey, podemos encontrar casos de todo tipo. Recientemente, y ya que antes hablábamos de incisivos y argucias, tenemos los populares y cariñosos mordisquitos del depredador Luis Suárez. Sus compadres Otman Bakkal, Branislav Ivanovic y Giorgio Chiellini seguro que le guardan un gran recuerdo. Igual que el francés Patrice Evra, con quien Suárez tuvo su pequeño pique por discutir quién de los dos venía más moreno de la playa ese fin de semana. En la misma corriente epistemológica que el uruguayo se sitúa el hispanobrasileño Diego Costa. El ex delantero del Atlético de Madrid sí que sabe hacer amigos. A algunos de ellos, como Martin Skrtel o Emre Can, incluso les dejó huella, refinadas marcas en el tobillo que los futbolistas reds nunca olvidarán. El repertorio de Costa es caprichosamente amplio y puerilmente travieso: manotazos, insultos, provocaciones, codazos, empujones, cabezazos, agarrones, dedos en bocas ajenas y también mordiscos, cómo no.
  
Pero 'Dirty' Diego lleva esta filosofía más allá. No solo sabe tratar bien a sus compañeros de profesión, sino que, además, deja que ellos se lleven todo el mérito. La simulación es su arma favorita. Algunos de los últimos en disfrutar de ella fueron los defensas centrales del Arsenal, Laurent Koscielny y Gabriel Paulista. El primero recibió los mimos y el segundo pagó los platos rotos. Jugada redonda y pizarra efectiva de Costa. Es una pena que muy pocos alcancen a entender su elevado nivel estratégico, mucho menos la Federación Inglesa (FA). Su propio compañero en el Chelsea, Kurt Zouma, en declaraciones poco afortunadas, declaró que a Dieguito "le gusta mucho hacer trampas", pero recapacitó y acabó explicando que su lengua francesa le había jugado una mala pasada, que realmente quiso decir que "es un jugador que pone mucha presión sobre el contrario".
 
No obstante, el rey de las artimañas balompédicas, aquel que nunca acepta la derrota sin antes intentarlo por medio de actos o palabras, el auténtico Joker del panorama futbolístico, no es un deportista sino uno de los entrenadores más laureados: José Mourinho. El portugués no podría contar sus anécdotas tácticas con los dedos de sus extremidades, ya que siempre hace más de lo que está en su mano para defender a sus futbolistas. Recordamos su dedo de la verdad acusando directamente en el iris a un ex entrenador del FC Barcelona como Tito Vilanova (que en paz descanse), o cómo luchó en los tribunales para que se castigara la incompetencia de la doctora del Chelsea, Eva Carneiro, quien no tuvo más remedio que renunciar a su cargo. Verdaderas lecciones de pericia de un sabio incomprendido, pero no es algo que moleste: "Si ni siquiera Jesucristo caía bien a todo el mundo, imagínate yo", confesó una vez.
  

Aunque 'The Special One' siempre hace gala de una elegancia exquisita, los miembros más clásicos de este selecto club de fútbol destacan sobre todo por su determinación: el apasionado de Pepe y sus caricias (a Javier Casquero le rompió el corazón), dos tipos bonachones como Sergio Ballesteros y David Navarro, el talentoso e imperioso Roy Keane, Vinnie Jones con sus encantadores chistes, Gerardo Bedoya y sus travesuras o el gran Gennaro Gattuso, siempre revoltoso en cada una de sus entrañables persecuciones por el campo.
 
 
 
 
 
 
 
 
Hay que decir que estas actitudes tan competitivas no son tan novedosas como se podría pensar. Uno de los marselleses con más títulos de la historia, Eric Cantona, pasó a ser considerado un auténtico maestro en el arte del kung-fu cuando un aficionado del Crystal Palace lo tildó de 'gabacho'. El delantero galo respondió al ultra con una patada en el pecho tan perfecta que por poco sumerge en depresión al mismo Chuck Norris. Aún con todo, Eric tuvo la amabilidad y la sensatez de aclarar a la prensa este suceso: "Pido perdón a todos, al Manchester United, a mis compañeros de equipo, a los fans, a la Federación… y también quiero disculparme con la prostituta que compartió mi cama la tarde pasada". Todo un ejemplo para las jóvenes generaciones.
 
La cultura del fair play empezó a desmoronarse muy pronto. Mucha gente se fue cansando poco a poco del típico héroe americano. El superhombre que siempre salía vencedor, impecable y sin un atisbo de maldad ya aburría y muchos se pasaron de Charlton Heston a Charles Bronson. Solo tenemos que fijarnos en los éxitos cinematográficos que empezaron a producirse a partir de entonces: Harry el sucio (1971), La naranja mecánica (1971), El padrino (1972), El golpe (1973), Taxi driver (1976) o El cazador (1978). ¿Deducimos entonces que Hollywood tiene la culpa? Podría ser, ya que, a pesar de que se ha intentado revertir esa tendencia, son los propios actores de más relumbre los que se han ido transformando en antihéroes (Robert Downey Jr, Charlie Sheen, Mel Gibson…).
 
No solo en el cine y el deporte, en la música o el arte también vemos como cada vez más optan por recorrer el camino de la controversia y la polémica, desde Eazy-E, Ol' Dirty Bastard o los hermanos Gallagher hasta Roy Glover o Magnus Gjoen. ¿Y los videojuegos? Es una alternativa aún más convincente, porque nos permiten ponernos en la misma piel del personaje que comete ese tipo de actos por nosotros. Bulletstorm, Bioshock, Call of Duty, Doom, Mortal Kombat o, cómo no, Gran Theft Auto son algunos buenos ejemplos, y ahí las millonarias ventas no engañan a nadie.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Volviendo al fútbol, es paradójico (o no tanto) que una liga como la italiana haya sido la primera en plantear lo que denominan 'tarjeta verde'. Se trata de una forma de premiar a los jugadores que tienen un buen gesto con el reglamento o sus compañeros, como lanzar el balón fuera para atender a un rival lesionado o advertir al árbitro que se ha equivocado en una acción aunque ésta le sea favorable. Al final de la temporada los jugadores con más tarjetas verdes serían premiados por la federación. También hay que decir que esta propuesta, de momento, solo se ha llevado a cabo en la Serie B, la segunda división del Calcio, aunque poco a poco va ganando fuerza.
 
En resumen, quitando los intentos en su mayoría fallidos de las instituciones por aliviar este tipo de conductas, al fin y al cabo es la misma sociedad la que, en su profundo ser, acaba sustituyendo el concepto de fair play por el de fear play. La profesionalización del deporte ha sido una de las grandes bazas para que esta competitividad desmesurada desemboque en estos mares y haya provocado la reacción por parte de aquellos que manejan el reglamento. La competitividad desmesurada por ganar y conseguir tu objetivo sean cuales sean los métodos.
 
Hablamos de un concepto completamente maquiavélico trasladado a todos los ámbitos de la vida. Y es que, cuando se trata de ganar, a muchos no les importa el cómo. Un futbolista profesional dijo una vez: "Si tengo que dar un apretón de mano a mi contrario y desearle suerte, es pura pérdida de tiempo y no la condición ideal para una competición seria. Somos profesionales y este concepto de paz es pura hipocresía". Cuando habla de competición realmente habla de la competición por conseguir el éxito, que, en última instancia, es el objetivo que dificulta el fair play y facilita el fear play. Por cierto, la localidad de Colorado llamada Fairplay es la misma en la que se inspira la famosa serie de dibujos animados South Park, lo que también resulta bastante paradójico (o no tanto).