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NACIÓ COMO UNA SIMPLE AFICIÓN CON TINTES DE REBELDÍA JUVENIL, COMO UNA AUTÉNTICA LLAMADA A LA LIBERTAD, LA AVENTURA, LA HERMANDAD, LA ASOCIACIÓN, LA ANARQUÍA... AUNQUE TAMBIÉN A LAS BANDAS CALLEJERAS, LA VIOLENCIA Y EL CRIMEN ORGANIZADO. HACE YA BASTANTE TIEMPO QUE EL UNIVERSO DE LAS DOS RUEDAS DEJÓ DE SER UN SIMPLE HOBBY DE MECÁNICOS PARA REPRESENTAR, PARA MUCHOS, TODA UNA FORMA DE VIDA. REALICEMOS UN APASIONANTE RECORRIDO POR EL MUNDO DE AQUELLO A LO QUE ALGUNOS LLAMAN "LA EMOCIÓN DEL EQUILIBRIO DINÁMICO".
 
 
David Morillo
 

 
 
 
 

 
 
Aventura, riesgo y emoción, aspectos que se ven fielmente reflejados en la recurrente cita de Francisco Javier Bultó, empresario catalán y fundador de la marca de motocicletas Bultaco. "El placer de montar en moto es la emoción del equilibrio dinámico". A partir de esta vibrante idea, son muchas las historias, con sus luces y sus sombras, que han convertido al invento primigenio de los alemanes Gottlieb Daimler y Wilhelm Maybach en protagonista de un amplio espectro cultural y contracultural: novelas, biografías y cuadernos de viaje, películas y música. Nos quedamos de momento con el género cinematográfico para repasar algunas de las claves históricas de este universo. Sus bandas sonoras son nuestra fiel compañera de viaje para descubrir auténticas joyas del género (no sólo del rock) que rodean y ambientan un espíritu que se encuentran no sólo en las canciones sino también en los retazos vitales de algunos de sus intérpretes.
 
 
La vuelta a casa
 
El marco de la Segunda Guerra Mundial forjó algunos de los estereotipos y costumbres sociales a los que se suele asociar el mundo de la motocicleta. Camaradería y compañerismo como valores innatos, exaltados por la propaganda de guerra pero con un poso real, necesario y crudo en el escenario bélico europeo. La épica y el compromiso por la victoria contrastaba con el terror y la incertidumbre en la que se encontraban aquellos jóvenes soldados (muchos adolescentes) en su odisea por la Europa nazi, inmersos en un ambiente hostil, a miles de kilómetros de casa y con la supervivencia como fin esencial.
 
A su vuelta, algunos de aquellos corazones de acero estaban tan acostumbrados a la vida de aventuras, adrenalina y peligro incesante que el mero hecho de regresar a casa y reincorporarse a la vida civil resultaba una tarea no ya difícil, sino también frustrante. La cosa se complicaba para aquellos que regresaban con secuelas psicológicas como el estrés postraumático de guerra o heridas de guerra graves, desde una enfermedad crónica a la amputación de algún miembro. El apoyo y respeto que la sociedad les proporcionaba por su condición de soldados, se fue diluyendo en los siguientes años en la indiferencia y el rechazo al no poder incorporarse adecuadamente al mercado laboral. Para paliar el hastío de la rutina, la soledad o algún demonio interno, algunos crearon agrupaciones o clubes que recuperaron aquella sensación de camaradería en torno a una pasión común: la mecánica y el mundo de las dos ruedas.
  
Junto con los veteranos, en los Estados Unidos de la posguerra habían desembarcado también multitud de motocicletas, parte del stock militar y ahora como producto de una industria automotriz floreciente. En el campo de batalla se había convertido en un elemento clave para la exploración y reconocimiento de las líneas enemigas por su gran velocidad y maniobrabilidad. En muchas películas bélicas de la época no faltan referencias al uso extensivo de este vehículo como la Harley-Davidson WLA, de primera fabricación en 1940 a la que unen otras marcas históricas de la época: Indian (en su modelo 741) y las británicas Northon, Triumph y Enfield (productora de equipamiento militar, entre otros el célebre fusil Lee-Enfield). En su contraparte alemana fue extendida a todo tipo de híbridos entre oruga y motocicleta, aunque la versión que todos recordamos es la clásica BMW R-75. Tripulada con dos soldados alemanes, sidecar y malas intenciones, se convierte en el recurrente enemigo sobre ruedas que persigue nuestro héroe americano. Como muestra La gran evasión, en una de las escenas míticas del género con un Steve McQueen que huye a toda velocidad del ejército alemán, montado en una Triumph T-60.
 
 
 
   
 

 
 
 
 
 
Rebeldes con causa o sencillamente criminales
 
La proliferación de los primeros clubes de motociclismo no estuvo exento de polémica. La existencia de estas agrupaciones a menudo trascienden el gusto por un
hobby, convirtiéndose en auténticas hermandades organizadas en torno un código propio, exaltando la libertad, el inconformismo y, sobre todo, la lealtad al grupo y sus miembros. Sus actividades se extendieron por todo el país y comenzaron a adquirir especial notoriedad con sus concentraciones, especialmente en la costa oeste, California, donde en una pequeña localidad llamada Hollister protagonizarán uno de los más célebres incidentes en 1947, que será convenientemente explotado por la prensa de la época.
 
En un principio, los clubes eran bienvenidos por las grandes oportunidades de negocio que representan las concentraciones (se las conocía como Gypsy tours). Sin embargo, la masiva afluencia a esta localidad (4000 asistentes para una población que no excedía los 4500 habitantes) comenzó a provocar los primeros episodios de alcoholismo, vandalismo y peleas callejeras (que conllevaron problemas con las autoridades locales y la detención de cincuenta personas en los hechos acaecidos el 5 de Julio),  así como el problema añadido que implicaba el hospedaje de los motociclistas que a menudo tenían que dormir en plena calle. Los resultados de aquella 'Invasión de Hollister' (aún objeto de discusión) fueron cubiertos por varios artículos de la prensa de la época, como el San Francisco Chronicle o la revista Life con aquella famosa fotografía tomada por Barney Peterson.
 
De aquellos sucesos de Hollister nacería la película Salvajes (The Wild One, 1953), dirigida por Lázló Benedek que abriría la veda de un nuevo género, con un Marlon Brando en la piel de líder de una banda de motoristas, que se dedican a aterrorizar un pequeño pueblo americano. El perfil del rebelde al margen de la sociedad sería posteriormente explotado por otras figuras del cine como James Dean, y su imagen motivaría tanto la estética de un rutilante Elvis Presley como la temática de su Jailhouse rock (y futuras canciones). La banda sonora de The Wild One, por su parte, resume en sus piezas de jazz ese ambiente emociones fuertes, persecución por parte de las autoridades y conflictos entre el individuo y la moralidad de la sociedad. Un género que ya se encontraba encasillado en el cine negro y en las películas en las que la trama tenía que ver algo con el crimen. 
 
  
 
 
 
 
   
 
En contestación a estos sucesos, la AMA (American Motorcyclist Association) escribió un artículo donde se aduce que "el 99% de sus miembros eran ciudadanos respetuosos con las leyes y que sólo el 1% podía ser considerados fuera de la ley". Proscritos, forajidos o criminales, los outlaws no eran reconocidos por la asociación, motivando la creación de parches con una serie de colores distintivos en la vestimenta de los miembros, un código que los diferenciaba de aquellos. Comenzaba de esta manera la mítica de los clubes de motoristas al margen de la ley, un concepto que ahondaría profundamente en la subcultura americana.
 
 
El dominio de los Ángeles
 
Las décadas de los cincuenta y sesenta presenciaron el pistoletazo de salida para la expansión o el nacimiento de algunas de las bandas más emblemáticas (e infames) de la historia de los one percenters. De todas ellas destacan seis grandes: los Outlaws, la más antigua (aparecidos en 1935) seguida fecha de aparición por los Pagans, notables por su sangrienta rivalidad con los Hell’s Angels, Bandidos y Mongols, estos últimos compuestos en su gran mayoría por miembros de origen hispano.
 
En la actualidad los Hell’s Angels continúan siendo el club más numeroso y extendido del mundo, con presencia en los cinco continentes, en especial en Europa Occidental, Canadá, Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. En sus orígenes se encontraba compuesto por veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Tras los sucesos de Hollister, la banda fue disuelta, pero volvió a ser reconstruida por uno de sus miembros, Arvid Olsen, quien en su momento había sido líder de escuadrón en las fuerzas aéreas durante la guerra. En recuerdo del nombre de aquél viejo escuadrón, propuso el nombre de Hell's Angels y la calavera alada como sello del club. Su histórico líder Sonny Barger contribuyó especialmente a convertir a los Hell`s Angels en una organización criminal altamente disciplinada, con todo un código de reglas, jerga y simbología propia, reduciendo el logotipo a sus proporciones actuales.
 
En sus actividades y rápida expansión se inspiró el productor Roger Corman para sus Wild Angels (1966), con un Peter Fonda en el papel de presidente de esta banda paralela. Corman contrató a una banda propia, Davie Allan and The Arrows, para la realización de la banda sonora de esta película y de otras pertenecientes a un género que se ya se encontraba en plena ebullición. Frente al éxito regular del film, Allan y sus Arrows se convirtieron por el contrario en todo un referente para el mundo de las dos ruedas con su mayor éxito Blues Theme.
 
 
 
 
  
 
 
 
 
 
El legado de los Easy Riders
 
Si los surferos tenían a Dick Dale y su Misirlou, con The Arrows el género de las motocicletas había encontrado su propia melodía natural, que se confirmó en las colaboraciones en largometrajes como Devil’s Angels, The Glory Stompers o el documental Teenage Rebellion. Unos años más tarde, con la evolución del rock and roll y la revolución hippie como telón de fondo, aparecía otra de las películas míticas del género. En
Easy Rider (1969), Dennis Hopper y un regresado Peter Fonda interpretan a una pareja de moteros contraculturales; espíritus libres en busca de su destino. El cliché del criminal, visto en anteriores películas, aquí se diluye en la épica del eterno viaje por carretera, con sus espacios abiertos y cielos de excepcional pureza, espiritualidad y trascendencia (alimentada en parte por el LSD).
 
A la altura del impacto de la propia película se encuentra la banda sonora, compuesta por temas que ilustran la transición al rock de los setenta. Junto con la emblemática Born to be wild, Steppenwolf aporta The Pusher, un tema lleno de épica y cadencia blues y comparte espacio con pesos pesados como The Jimmy Hendrix Experience con If Six Nine, The Byrds con Wasn’t born to be follow, The Holy Modal’s Rounders y Fraternity of Man’s con Don't Bogart me, un resumen a la filosofía del fumador de marihuana. El cierre lo aporta un Bob Dylan reincorporado a mitad del rodaje (gracias a la insistencia de Peter Fonda), que junto a Roger McGuinn de los Byrds, produce el tema principal del film: The Ballad of Easy Rider.
 
 
 
 
 
 
 
 
A lo largo de los años setenta y siguiendo la estela de Easy Rider fueron numerosas las producciones ambientadas en el universo de la motocicleta. Marvin Gaye hizo su primera aparición en 1971 en la película sobre venganzas personales (y agravio por parte de una banda de outlaws) Chrome and Hot Leather, mientras que en 1973, Chicago hacía lo propio en el film de culto Electra Glide in Tour. Otras películas les sucederían, ya sin participación expresa en escena, entre ellas la también película de culto ambientado en un futuro postapocalíptico Mad Max
 
 
Mods, Prince y las leyendas del rock
 
Mientras en América predominaban las luchas entre los one percenters, en el Reino Unido, la batalla por el dominio de las calles la protagonizaban los Mods y los Rockers. Enfrentados desde los años sesenta, las dos tribus urbanas compartían la misma pasión por la motocicleta como símbolo identitario pero estilos contrapuestos. Mientras que los Rockers montaban Triumphs y vestían con chaquetas de cuero a la tónica de Marlon Brando, los Mods eran beatnicks reconvertidos, amantes del blues y de los aires R&B (posteriormente influenciados por el rocksteady en su mutación hacia los rude boys) que montaban Vespas y vestían chaquetas y gabardinas. Con Quadrophenia (1973), The Who volvían a crear una ópera rock a la estela de Tommy, con la historia del mod Jimmy, un rebelde desencantado con la realidad que le rodea (al igual que Johnny en The Wild One) pero con sabor británico.
 

  
 
 
 
 
 
Una década más tarde llegaría
Prince en el papel de The Kid, un adolescente conflictivo y atormentado por problemas familiares, que intenta sobrevivir en el crudo mundo de la música montado en una Honda CM450E de color morado. El musical Purple Rain catapulta a Prince a la fama, con una acertada mezcla de R&B, pop, rock y heavy metal, que bebe también de la psicodelia (en recuerdo a aquel Purple Haze de Jimmy Hendrix). El ejercicio estilístico de Purple Rain marca del camino para la eclosión de las superestrellas, en especial de las estrellas del rock. Algunas bandas de heavy metal se identifican plenamente con la estética motera, algunos ejemplos claves los encontramos en Saxon y su álbum Wheels of Steel, Judas Priest y Meat Loaf con su álbum (con una tan oscura como evidente portada) Bat Out of Hell.
 
 
 
 
 
 
 
 
Un renacimiento controvertido
 
Mientras un siglo se despide, una nueva ola de películas moteras irrumpen en el género cinematográfico con un interés renovado pero resultados cercanos a la catástrofe. Replicando otras pelis a las cuatro ruedas (como la saga Fast and Furious) ambientadas en el mundo de las carreras ilegales, películas como Biker Boyz o Torque se alejan de la carretera para internarse en un ambiente estrictamente urbano, con sofisticadas máquinas de gran cilindrada y con la estética y los ritmos hip hop de Ice Cube y nu-metal de Kid Rock. Otros intentos por recuperar las esencias heredadas de Easy Rider y Wild One entroncan con grupos de nueva manufactura y mirada retro como Black Rebel Motorcycle Club. En el celuloide, Quentin Tarantino traduce a su personalizada visión de cruda y desmedida violencia, aquel mundo mundo sucio y canalla de criminales a dos ruedas en Hell Ride (2008) con la aparición estelar de un ya crepuscular Dennis Hopper. Su banda sonora es un popurrí de diferentes films que sirvieron de inspiración para Tarantino, como por ejemplo Hell's Bells (1969). Los últimos y más exitosos intentos se han dado, sin embargo, en la pequeña pantalla con la serie Sons of Anarchy, con una visión más realista y creíble que no abandona la órbita de la criminalidad. Un eterno estigma paliado, por suerte, por la música.