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MUÑOZ MOLINA:

CREAR EN LO
COTIDIANO

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CREAR EN LO
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PREMIO NACIONAL DE LITERATURA, PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS DE LAS LETRAS Y MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. ANTONIO MUÑOZ MOLINA, ADEMÁS DE SER UNA DE LAS GRANDES FIRMAS ESPAÑOLAS DE NUESTRO TIEMPO, ES UN TIPO DE LO MÁS NORMAL. EN SU LITERATURA, TAN CERCANA COMO CUANDO LO OYES HABLAR, LOS ELEMENTOS COTIDIANOS SON ESENCIALES, AL IGUAL QUE LAS ABUNDANTES REFERENCIAS A LA CULTURA POPULAR. SU PROCESO DE CREACIÓN PARTE DESDE PEQUEÑOS PUNTOS PARA, FINALMENTE, ALCANZAR GRANDES IDEAS.
 
 
Julián VÉLEZ
 

   
 
 
 
"Si me dices ven, un título que parece de bolero para un cuento de miedo, surgió cuando bajaba del sexto piso donde vivía para tirar la basura en la noche; miré hacia arriba, a mi balcón, y vi a una persona asomada mirándome fijamente. Sentí un miedo enorme porque estaba solo, pero luego me fijé mejor y era simplemente una maceta". Con esta simple anécdota explica su fuente de inspiración para uno de sus cuentos, la historia de un hombre que cuando regresa a su casa se encuentra a una persona que está muerta. Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) es una de las grandes letras españolas de las últimas décadas. Es sencillo, directo y cercano. Los cosas más mínimas y cotidianas siempre lo han inspirado, pero es de esos escritores que prefiere no escribir las ideas que le surgen en papelitos. "Muchas veces al apuntarlo lo olvidas. Considero que las cosas importantes se te quedan. Aquellos detalles que te inspiran se quedan en la mente. Quizás es lo más bonito de crear una novela", asegura Muñoz Molina, todo un amante de llenar de matices a cada uno de los personajes de sus novelas, en las que el movimiento y la evolución son absolutamente fundamentales.
 
 
El origen de todo
 
El proceso creativo de Antonio Muñoz Molina es un conjunto de elementos pintorescos y a la vez cotidianos, que nos hacen sentir parte de una historia que nos parece propia, muy cercana. Obviamente, el origen del escritor ubetense tiene mucho que ver en ello. Nació en la buhardilla que sus padres alquilaron al casarse. Su padre trabajaba en una huerta y vendía hortaliza en el mercado de abastos, y su madre se dedicaba a lo que entonces llamaban "sus labores". "Durante los primeros tiempos de mi vida fui un privilegiado: hijo único, nieto y sobrino casi único. Cuando mi hermana nació yo ya tenía casi 6 años. Mis padres, mis abuelos, mis tíos, llegaban a casa trayéndome tebeos y a veces caramelos y pequeños cartuchos de cacahuetes o castañas asadas, el papel de estraza todavía caliente cuando lo tocaba", reza en su autorretrato; "aprendí a leer, escribir y hacer cuentas en una escuela de las que llamaban "de perra gorda". Nos sentábamos en pequeñas sillas de anea que habíamos traído de nuestras casas y escribíamos en pizarra individuales con marcos de madera, con pizarrines de tiza blanca que se partían si uno apretaba demasiado". Durante su infancia ya leía libros de Agatha Christie, Alexandre Dumas, Mark Twain, Robert Louis Stevenson y, sobre todo, Julio Verne: "Quizás la novela que he leído más veces en mi vida es La isla misteriosa. El primer personaje que me produjo una fascinación consciente como pura invención literaria fue el capitán Nemo. [...] Por imitación de Verne concebí la posibilidad fantástica de hacerme yo también escritor". Desde entonces, su carrera literaria ha sido muy rápida. Solo contaba 16 años cuando escribió una obra de teatro entre existencial y de protesta. Titulada La Academia y montada por unos amigos suyos en la escuela de Magisterio de los jesuitas, la representación fue prohibida el día antes del estreno. Posteriormente, empezaría a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. En la capital, participaría por primera vez en su vida en una manifestación de protesta, por el fusilamiento de Salvador Puig Antich, y "al cabo de veinte minutos ya estaba preso y esposado". Más tarde, se trasladaría a la Universidad de Granada para licenciarse en Geografía e Historia, especializándose en Historia del Arte.
 
 
 
 
 
 
 
Después de cursar sus estudios, trabajaría como funcionario en el Ayuntamiento de Granada organizando conciertos y actividades culturales. Además, en 1982 comenzó a redactar artículos de opinión para el diario Ideal, donde aprendió a escribir con regularidad, disciplina y con límites fijos. "El articulismo puede ser una forma soberana de literatura y un medio digno de ganarse ingresos regulares, en un oficio tan lleno de incertidumbres", señala. El primer libro que publicó fue precisamente una recopilación de los artículos que había escrito para el Ideal, bajo el título de El Robinson urbano (1984). Entonces, aparecería en escena Pere Gimferrer, director de la editorial Seix Barral por aquellos años. Los inicios de la carrera literaria de Muñoz Molina no se pueden entender sin la figura del editor catalán, que durante una de sus visitas a Granada quedaría fascinado por El Robinson urbano: "Un amigo le dio mi libro, Gimferrer lo leyó y llamó para decir que le había gustado. Fue un impacto tremendo, porque yo estaba habituado a que nadie me hiciera caso. Cuando le envié la novela que estaba escribiendo y me dijo que la quería editar, fue la alegría de mi vida. Y le doy muchas vueltas a qué hubiera pasado si yo no publicaba aquel primer libro, si Gimferrer no iba a Granada. Es una lección de humildad, porque hay mucha gente con mucho talento que no llega a nada, o llega a mucho menos". Aquella novela era Beatus Ille (1986), una obra que nos habla de Minaya, un joven estudiante implicada en las huelgas universitarias de los años sesenta. Minaya se refugia en un cortijo a orillas del río Guadalquivir para escribir una tesis doctoral sobre Jacinto Solana, poeta republicano condenado a muerte al final de la guerra, indultado y muerto en 1947 en un tiroteo con la Guardia Civil.
 

La segunda novela de Muñoz Molina marcaría un antes y un después en su trayectoria. El invierno en Lisboa (1987) narra la historia de Santiago Biralbo, un pianista de jazz que empieza una relación sentimental con Lucrecia, la esposa de un contrabandista de obras de arte. Esta publicación le valdría nada más y nada menos que el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Tras ella, le siguieron otras novelas entre las que destacarían Beltenebros (1989), El jinete polaco (1991) 
galardonada con el Premio Planeta y con su segundo Premio Nacional de Narrativa, Los misterios de Madrid (1992), El dueño del secreto (1994), Ardor guerrero (1995), Plenilunio (1997), Sefarad (2001), El viento de la luna (2006), La noche de los tiempos (2009), Como la sombra que se va (2014)... También ha publicado una serie de relatos recogidos en tres volúmenes, Las otras vidas (1988), Nada del otro mundo (1993 ) y El faro del fin del Hudson (2015), así como otras recopilaciones de textos periodísticos Diario del Nautilus (1986), Las apariencias (1995), La huerta del Edén (1996), Escrito en un instante (1996), Unas gafas de Pla (2000) y La vida por delante (2002), diarios Ventanas de Manhattan (2004), Días de diario (2007) y Un andar solitario entre la gente (2018) y ensayos de diversas temáticas que abarcan desde la literatura y la historia hasta la pintura y la fotografía. La curiosidad de Antonio parece ilimitada. Además de un gran escritor, es un gran amante de la cultura, por lo que es muy común percibir en sus obras intertextos literarios, pictóricos, musicales o cinematográficos representados al mejor estilo de Jorge Luis Borges, casi siempre bajo la atenta mirada de El Robinson Urbano. Por cierto, por si fuera poco, en 1995 fue elegido miembro de la Real Academia Española (RAE) para ocupar el sillón 'u', y leyó su discurso de ingreso, Destierro y destiempo de Max Aub, un año después.
 
Hablar de su obra también es hablar de la recreación de experiencias personales y la relación con la sociedad en la que vive. Siempre ha mostrado un firme y estrecho compromiso con la realidad que lo rodea, llevando a cabo críticas más directas y profundas. "En la primera manifestación que fui, empezando mis estudios universitarios, me capturó la policía y me multaron con 5.000 pesetas. Si mi beca era de 25.000 mil... Estando en el calabozo comprendí que yo no servía para las manifestaciones activas, así que decidí hacerlo a través de las letras", de modo que en
sus escritos encontramos a menudo reflexiones políticas y sociales. Todo lo que era sólido (2013) es uno de los ejemplos más claros, un ensayo directo y apasionado en la línea de autores como George Orwell o Virginia Woolf. Esta propuesta de acción concreta y entusiasta es una invitación a avanzar hacia la realidad que queremos construir y en la que expone reflexiones como la que exponemos a continuación: "Cuanto más politizada esté una administración menos continuidad habrá en proyectos que deberían ser a largo plazo y quedar por encima de la disputa partidista: todo se vuelve un hacer y deshacer marcado por las oscilaciones electorales; lo aprobado por un gobierno queda en suspenso o es desarbolado cuando llega el gobierno de otro partido; los nuevos cargos aspiran sobre todo a borrar la huella de los anteriores; el dinero y el esfuerzo gastados se vuelven estériles". 
 
 
 
 
 
 
 
"Creo que el escritor continúa el oficio inmemorial de los narradores de cuentos, que daban forma mediante relatos orales a la experiencia compartida del mundo. Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida", defiende Muñoz Molina, convencido de que la buena literatura y el buen desempeño artístico en general debe ser un reflejo de lo que vivimos y sentimos en nuestro día a día, desde las situaciones más mundanas hasta nuestros pensamientos más profundos. De esta forma, todos podemos en cierto modo aprender y reflexionar sobre experiencias propias y ajenas. Quizás sea por eso que no le atrae demasiado la literatura que se vuelca sobre sí misma, que tiene al escritor y a la escritura como principales focos de atención. "Cervantes y Galdós, Virginia Woolf y James Joyce, Borges y Onetti, Proust y Flaubert, entre tantos otros, me han enseñado lo mismo, de muy diversas maneras: a buscar la forma más eficaz de contar la realidad visible del mundo y la invisible de la conciencia humana. Pero también aprendo mucho de la música y de la pintura, y del cine, aunque lo frecuento menos que cuando era más joven", añade.
 
 
Las pequeñas cosas…
 
Definir los detalles, las características, los gestos y la personalidad de sus personajes ha sido la parte más compleja del proceso para Antonio Muñoz Molina, pero los simples momentos son seguramente los que más le ayudan. Después de muchos días sin dar con la tecla y de dar muchas vueltas sobre cómo convertir un personaje real sin caer en estereotipos, concretamente un multimillonario americano, de pronto rememoró el encuentro que mantuvo con Sergio Fajardo, alcalde de Medellín (Colombia) años atrás. Recordaba que durante la cena a la que fue invitado, Fajardo se subía continuamente las mangas de su jersey, como indicando una personalidad activa, el gesto de un hombre que pretende ponerse manos a la obra. Un pequeño detalle que le sirvió para darle vida a ese personaje. Generalmente, sus libros se construyen con pequeños detalles como este, que luego se van juntando con otros tantos. Siempre parte de ideas muy modestas que, por algún motivo, se le quedan grabadas en la mente. Nunca está mirando a ver qué le puede inspirar, sino que va haciendo observaciones sobre personas, lugares y eventos que resultan muy reveladoras. Muñoz Molina dice que "no siente el abismo de la página en blanco", es decir, ese sentimiento que ahoga a muchos creadores de historias que al principio no saben por dónde empezar. Él asegura que nunca lo siente "porque hay una cosa que no se debe olvidar, y es que cuando empiezas a escribir y pones la primera palabra, la siguiente no está. El proceso de conocimiento es el mismo que el proceso de escribir. Tú vas descubriendo la novela que quieres escribir mientras la vas escribiendo".
 
Para Muñoz Molina, "una idea no sirve de nada hasta que no esté en la página". Hay muchas veces en las que las ideas que tienes en la cabeza se van, y hay otras en las que se manifiestan de repente cuando acabas una página. En mitad del proceso que supone escribir un libro puede surgir una sensación de agobio, desaliento o la sensación de no saber nada". En estos casos, Antonio busca todo tipo de fórmulas para hacer otras cosas, para dar vueltas y no llegar: "Antiguamente cuando se fumaba había entretenimiento y parabas, pero ahora no hay nada y tienes que ponerte todos los días. Hay días que tienes ganas y otros que no. A veces sale y a veces no. También ocurre que cuando has tenido un día muy malo y lo dejas y es justo cuando te surgen ideas". 
Así pues, también expone otro ejemplo en su creación de La noche de los tiempos. En esta obra nos encontramos con un profesor alemán de la escuela de la Bauhaus al que quería darle matices. Entonces dejó de trabajar, incluso estaba medio enfadado porque llevaba días dándole vueltas a cómo llenar al profesor de personalidad. Finalmente, se centró en realizar otras tareas y mientras estaba cortando algo con unas tijeras de cocina se imaginó a este profesor dando una clase en la que explicaba la maravilla de los objetos comunes. Un hecho tan simple como cortar algo con unas tijeras origina una situación que luego se extiende en el texto, otorgándole una identidad propia tanto a la historia como a sus personajes.
 
 
 
 

 
 

Portadas de algunos de los libros de Antonio Muñoz Molina
 
 
  
 
Su estilo es muy particular. Los personajes pintorescos de sus obras están tan bien definidos que siempre se te quedan en la memoria. Entre ellos, y al mejor estilo de los hermanos Cohen, también nos encontramos con una rica galería de personajes-tipo o arquetipo (estereotipos); chulapos madrileños, vendedores ambulantes, contrabandistas, maestros... son personajes que a veces no tienen una caracterización psicológica en profundidad y, por tanto, no vemos en ellos una evolución al mismo nivel que los anteriores. Ellos simbolizan el ambiente y una vida en movimiento, como si se tratara de una canción de rock de los setenta. Igualmente, Muñoz Molina dibuja un retrato preciso de cada uno de los lugares que presenta. Sus narraciones siempre dejan espacio a la moraleja, quizás porque podemos encontrar constantemente una proyección de la visión personal del autor; expone su opinión y hasta aparece como protagonista de algunas de las anécdotas que narra, haciendo aún más amena la lectura. Con frecuencia, en este tipo de descripciones que podrían funcionar como artículos de opinión utiliza la apelación a un destinatario que puede manifestarse en singular ('usted') o plural ('ustedes' o, en ocasiones, 'nosotros'), una característica que nos evocan a los textos de Azorín. A través de esta estrategia se establece una estrecha interrelación comunicativa, una mayor complicidad con el lector. De alguna manera, está reclamando su atención. Esta técnica del diálogo que también utiliza a la hora de introducir las anécdotas que hemos mencionado– aporta un gran dinamismo al ritmo de sus obras. Por otra parte, las citas de diversas autoridades conceden más verosimilitud a los textos y le dan peso a las argumentaciones del escritor y a las tesis que quiera demostrar.
 
Las primeras frases siempre son fundamentales: son las que seducen, las que empiezan a darle sentido a todo. No se trata de enganchar a un lector como suele decirse, sino de enganchar al propio autor, porque en el momento en el que consigue esa primera frase siente que toda la historia fluye a partir de ella. ""La heroíca ciudad dormía la siesta", así comienza La Regenta. Cuando lo lees a consciencia te das cuenta de que toda la historia está resumida en esa frase", apunta Muñoz Molina, utilizando como ejemplo de un gran inicio la obra cumbre de Leopoldo Alas 'Clarín'. En la literatura, el principio es el hilo del que se va tirando para seguir creando y trabajando, algo que igualmente se extiende a otras ramas del arte. Antonio recuerda, vinculando el amor que profesa por la ópera, cómo Richard Wagner se esforzó durante tantas horas para preparar los libretos de sus obras. Entre sueños, el compositor alemán escribió los primeros acordes de la obertura de El ocaso de los dioses, en torno a la que gira toda la tetralogía de El anillo del nibelungo. "No se trata de una musa, se trata de las partes inconscientes. La literatura tiene mucho que ver con cosas inconscientes", subraya, "cuando imparto clases me gusta preguntar a los estudiantes: "¿Cómo empieza tu primera frase?"".
 
 
La importancia de la documentación
 
Antonio Muñoz Molina no es precisamente un nostálgico del olor a biblioteca, pues, además, considera que Internet ha cambiado los tiempos modernos y hay que aprovechar las posibilidades que nos ofrece. La primera obra donde fue vital para él documentarse a través de la red fue Sefarad (1998), en una época en la que Internet se encontraba en plena expansión. En ella, nos habla del gran exilio y el desarraigo en el siglo XX. Se trata de una novela repleta de personajes, reales y ficticios, que ven cómo sus vidas quedan marcadas por experiencias desgarradoras y, sobre todo, por pertenecer a una minoría perseguida. Casi todos ellos se ven obligados a cruzar una frontera para refugiarse de la violencia y de la irracionalidad que asolaron el siglo XX desde sus inicios. Muñoz Molina cree que la documentación es un ejercicio dialéctico, de ida y vuelta. Es decir, encuentras elementos para documentarte que a la vez te sirven para inventar y, según vas avanzando, para buscar una documentación mucho más precisa. La información hay que saber elegirla bien para que no pese demasiado, ya que tienes que lograr que los datos que encuentres se puedan integrar dentro de tus textos de ficción. En una obra tan cercana y cotidiana el artificio es esencial y también bastante más complejo de lo que puede parecer: "Cuando eres joven te empeñas en demostrar la técnica literaria que tienes y cuánto sabes de literatura, pero no te das cuenta de que tiene más dificultad que las cosas sean naturales". Para él, intentar reproducir lo normal puede suponer un auténtico quebradero de cabeza, "el habla normal, por ejemplo, a la hora de reproducirlo es caótico, tienes que saber adaptarlo y cuidarlo mucho", advierte, "a Flaubert le costaba mucho adaptarlo y cuando lo lees todo es muy fluido, casi como agua, pero conseguir eso es muy difícil, hay que cuidarlo y tener mucho oído. A mí, por ejemplo, me cuestan mucho los diálogos, por eso casi no hay diálogos en mis libros".
 
 
 
 

  
 
Muñoz Molina explica algunos aspectos a tener en cuenta a la hora de afrontar la escritura, y resulta cuanto menos curioso que se centre en qué es lo que no hay que hacer cuando pretendes escribir. "Cuando un profesor se iba a jubilar recibió la visita de otro que iba a comenzar a dar clase, se acercó y le pregunto sobre cómo podía explicar mejor. El profesor le contestó "mírate la bragueta siempre"", cuenta, pues cree que escribir muchas veces consiste en no caer en detalles absurdos. Por ejemplo, si vas a hablar de China, no es necesario describirla como "el gigante asiático", al igual que sucede con expresiones redundantes como "un ruido ensordecedor". No puedes decir cosas que ya son evidentes, hay que limpiar y huir de lo convencional y saber encontrar el ritmo y el estilo adecuados. Asimismo, cuando escribes debes encontrar el punto exacto en el que sea la propia literatura la que te lleve y dirija tu relato. La extensión no importa tanto como saber elegir qué es lo que hay que quitar, ya que es básico para darle fluidez al texto. La novela es un arte, una proliferación y normalmente cuando escribes una frase y quitas algo que no aporta nada a su significado, sientes que la frase sube.
 
Para Antonio Muñoz Molina, uno debe intentar permanentemente aprender de sus errores y reconocer, con el tiempo, todo aquello que le nace de manera inconsciente. Sin embargo, también hay que tener cuidado con los aciertos y con las cosas que nos salen bien, porque tendemos a abusar de ello como garantía. ¿Cómo se puede mejorar en este aspecto? En el proceso de la escritura, por más que se trabaje, siempre habrá muchos detalles que se nos pasen por alto. En ese sentido, si tenemos la suerte de contar con personas que nos conozcan bien y nos corrijan constantemente, no debemos desaprovechar esa ventaja, así que "a la hora de escribir un texto literario hay que poner los cinco sentidos tuyos y los cinco sentidos de varias personas más. Siempre pueden ser mejores los textos literarios". Cada palabra, frase o espacio cuentan y Muñoz Molina es perfectamente consciente de ello. Debemos entender que observar el mundo que nos rodea, saber interpretarlo y poder narrarlo por escrito es importante y a la vez difícil. Al final, la novela intenta ser un reflejo del mundo, un mundo complejo; la literatura es el arte activo que nos permite reflejar nuestras ideas. El presente reportaje sobre el proceso de creación y el estilo de Muñoz Molina no podría tener mejor broche que el discurso que pronunció tras recibir el Premio Príncipe de Asturias:
  
"Escribir empieza siendo casi siempre un sueño, o un capricho, o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierten en un oficio. Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que unas veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige, pero que también depara, cuando las cosas salen bien, momentos de plenitud, y permite entonces un descanso que es más placentero porque se siente bien ganado. Al menos hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque todo el que se dedica plenamente a un oficio sabe que siempre hay una distancia grande entre las mejores posibilidades de un proyecto y su realización. Igual que hay descubrimientos con los que no se contaban y surgen de pronto como dones en el proceso del trabajo. Un oficio es una tarea práctica: uno hace algo que le gusta mucho y que a costa de aprendizaje y empeño ha logrado hacer con cierta garantía de solvencia [...]. Hay algunas singularidades en el oficio de escribir como las hay también en cualquier otro. La primera, es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales, la de saber historias y la de contarlas; es decir, dar una forma inteligible al mundo mediante las palabras. Un historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. Del mismo modo actúa el científico, elaborando modelos teóricos derivados de la observación y la experimentación que sirvan doblemente para explicar y predecir. En las sociedades primitivas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos. Nuestra variedad moderna del mito es la ficción [...]. Nos dedicamos pues a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece, también a un oficio muy incierto, porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento. Quien escribe sabe que debe dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor. Pero también sabe que la entrega por sí misma no garantiza la calidad del resultado, porque la experiencia y la dedicación pueden conducirlo al amaneramiento enquilosado o a la parodia de sí mismo. Y también sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras muchas es ignorado, y que lo que parecía mejor a veces se desmorona al cabo de muy poco tiempo y que una extraña justicia tardía alumbra mucho tiempo después sin compensación posible al talento verdadero que no brilló en vida [...]".
 
 
 
 

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