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Ya apenas nos acordamos de cómo empezó todo, pero aunque ahora parezca difícil de creer hubo un día en el que no teníamos un teléfono móvil a menos de medio metro de nuestro cuerpo constantemente; en el que conectarse a Facebook y publicar las cosas (en su mayoría absurdas) que haces y pasarse horas mirando las de los “amigos” (de los que un gran porcentaje son extraños con los que no has pasado ni cuarenta y ocho horas en total en la vida real); en el que no mirábamos el Whatsapp esperando clicks azules y en el que, de hecho, ni siquiera imaginábamos que eso podía existir. Qué inocencia la nuestra.
 
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Enero 2017
 
Vicky CÉSAR
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Y ahora aquí estamos, sumergidos hasta el fondo en una extraña relación-odio con la realidad virtual. Somos escépticos, críticos, nos burlamos de ella y de aquellos que la usan mal según nuestro criterio. Y lo hacemos, irónicamente, a través de los mismos medios y repitiendo casi de forma milimétrica el mismo patrón.
 
Las redes sociales, un espacio abstracto e inmaterial, son un lugar común en el que nos reunimos para mostrar la imagen que queremos que los demás tengan de nosotros, construyendo entonces una propia realidad imaginaria (que puede ser más o menos fiel a la material) dentro de la realidad virtual. Todo muy complejo y abrumador, sobre todo por el hecho de que es imposible no analizar tu propia actitud al respecto cuando piensas en ello, y, seamos sinceros, hay veces en las que no estamos de humor para que nuestras reflexiones nos pongan en ridículo a nosotros mismos.
 
Pero a lo que yo iba es a que, debido a esta banalidad y estupidez con las que asociamos a las redes sociales, aquellos que antes eran respetados se han contagiado, debido a su actuación online, del desprestigio que éstas conllevan. Aquí podemos meter a un sinfín de personas y conjuntos: figuras políticas o partidos en general; personajes notorios; asociaciones de todo tipo; tu exnovio del instituto… Lo podríamos ampliar casi a la totalidad de los entes deambulantes que utilizan las redes sociales, ya que la actividad es cotidiana, y uno no puede tratar de ser inteligente, brillante y coherente (sobre todo coherente) cada día, cada minuto. O sea que vas a acabar jodiéndolo, más o menos a menudo y con más o menos importancia, pero alguna chorrada vas a soltar en algún momento, eso seguro. Y esto no sería un problema si supiéramos diferenciar nuestra vida personal e íntima (donde podemos tener malos días y ser unos capullos) de nuestro trabajo, especialmente si éste conlleva una responsabilidad social.
 
Pero no lo hacemos. Así que sí, a mí me parece perfecto juzgar a Cospedal cuando postea cualquier gilipollez en Twitter olvidándose de la importancia que sus decisiones y pensamientos tienen en la vida de más de cuarenta millones de personas. También que se critique a los medios de comunicación más importantes de un país y que a más gente llegan que llenan sus muros de Facebook con noticias como "10 pasos para tener una cita perfecta" o los detalles de las dietas que siguen las actrices de moda. Yo, personalmente, les prendería fuego, pero admito que mi postura es demasiado radical. Y, por otro lado, no nos engañemos; llevan siglos haciéndolo. Telecinco no ha inventado nada nuevo ganando dinero a base de exponer las miserias humanas y convirtiéndolas en un producto enlatado casi; esto ya existía en el siglo XIX y precisamente uno de los que empezó a sonreír al darse cuenta de cuántos billetes puedes reunir con el morbo fue Pulitzer, cuyo nombre lleva ahora el premio más importante a la labor periodística. Gracioso, ¿no?
 
O sea que sí, es normal perder la fe en la humanidad en general y en el periodismo en particular. Pero a veces llegamos a ser tan cínicos que damos asco y pena. A mí siempre me ha encantado leer, porque aprendía. Historia, política, filosofía, geografía, antropología... Aprendía diferentes formas de entender la vida, la muerte, el amor, el dolor, el odio, la alegría… Las comprendía, las compartía o no, y después se quedaban en mi mente y construían y siguen construyendo la persona en la que me voy convirtiendo. Necesitamos leer para tener conocimiento; necesitamos conocimiento para tener libertad de pensamiento; necesitamos libertad de pensamiento para poder llevar una vida material también libre. Y para leer necesitamos gente que escriba. Y también necesitamos un cambio, obviamente, pero nunca lo conseguiremos si nosotros mismos seguimos siendo y perpetuando aquello que queremos cambiar.
 
A mí a veces (más a menudo de lo que sería saludable) las redes sociales, el sistema político y la conducta social en general me dan ganas de vomitar. Pero más ganas de vomitar me da el pensar en convertirme en una persona tan cínica, estúpida y simplista como para asumir que todo en las redes sociales, y en política, y en la sociedad, es una mierda. Tanto hastío vital me llevaría a cortarme las venas. Saramago dijo "yo no soy pesimista, es el mundo el que es pésimo". Y es cierto. Cambiemos pues el mundo, ya que el problema no tendría por qué ser nosotros. Para eso necesitamos ser libres; para ser libres, pensar; para pensar, leer; para leer, escritores y medios de difusión. Necesitamos cultura y comunicación. Pero de la real.
 
Así que deja de repartir "Me gusta" en Facebook y coge un libro o descárgatelo. O un buen artículo. O una película que te haga pensar. Una de las buenas cosas que sí ha traído Internet es el libre acceso a la cultura. Deja de desperdiciarlo viendo porno.