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LA MAGIA DEL TEATRO NO ES MÁS QUE EL TRABAJO DE MUCHOS MESES CONDENSADO EN APENAS UN PAR DE HORAS. EL ESFUERZO TEATRAL SE TRANSFORMA POCO A POCO EN SENSACIONES Y EMOCIONES, Y DESPRENDE UN AIRE ESPECIAL QUE EL ESPECTADOR RECORDARÁ A LO LARGO DE TODA SU VIDA. ADEMÁS, EL EJERCICIO DRAMÁTICO VIVIRÁ PARA SIEMPRE EN EL CORAZÓN DE LOS ACTORES.
 
 
Marina Benítez
 

 

 
 

 
 
Cuando se cierra un telón en una obra de teatro, probablemente como espectador te asalten millones de dudas. ¿Será el malo igual de malo en realidad? ¿La dulzura de la protagonista es natural? ¿Será innata esa capacidad de interpretar a otros? Todos en alguna ocasión de nuestras vidas hemos estado sentados delante de un telón cerrado, soñando que la historia seguía y que éramos nosotros los que nos íbamos. Pero la realidad es otra completamente distinta. Probablemente, detrás del telón cerrado haya personas que han dejado volar a un personaje de ficción y estén reprimiendo gritos de alegría. 
 
A menudo, no nos damos cuenta de que detrás de cada actor hay un duro trabajo y una gran cantidad de técnicas usadas durante incontables horas, simplemente para dejar de ser él mismo y convertirse en alguien que otra persona algún día soñó. 
  
El trabajo más duro al principio lo tiene el director de la obra, que tiene que imaginar en un puesto a una persona que, con toda seguridad, tendrá que transformarse para encajar en ese papel. Y ahí entra en juego el buen trabajo de un director. Él enseñará las técnicas necesarias para que el propio satán pueda interpretar durante unas horas a la mismísima Madre Teresa de Calcuta, y que tú sentado en tu sillón creerás. 
 
No solo hay técnicas de voz, de expresión corporal, relajación y todo lo que se pueda imaginar en un actor. Sino que lo fundamental comienza con el propio control del cuerpo, y para ello, hay que ser consciente de todo lo que compone el ser de una persona y tomar posesión de todos los rincones. El trabajo de un actor, será conocer su mente, conocer alma y, sobre todo, conocer su cuerpo, ya que es la herramienta que tendrá subido en el escenario para transmitir todo lo que siente al público. Un actor tiene que hacer que todo su cuerpo confluya para que vaya en la misma dirección. Y esto, requiere una gran dosis de concentración. Aquí entra en juego el buen trabajo del director, motivando a su elenco y mostrándoles el camino para una perfecta metamorfosis, hasta llegar a oír cómo piensa su personaje, cómo respondería ante una situación o incluso cómo movería las manos. Cuando el actor consigue dominarlo, será capaz de olvidarse de sí mismo y dejar que su cuerpo sea el recipiente de un personaje que busca cobrar vida.
 
 
 
 
 
 
 
 
Una de las técnicas usadas para esto, para que sea cada vez más fácil para el actor realizar el cambio, consiste en alojar todos los elementos que ha conseguido reunir sobre el personaje, así como los sentimientos que le inspiran, dentro de un objeto que lleve consigo siempre el actor y que pueda llevar sin problemas el día de la obra. Cada vez que quiera volver a su personaje, tan solo tendrá que desencadenar todo aquello que lleva consigo.
 

Ya hemos contado el trabajo de meses que lleva la transformación de un actor en su personaje. Pero claro está, esto siempre se puede ayudar de otras técnicas. ¿Qué completa esta metamorfosis? De nada serviría todo el trabajo si al llegar al escenario se rompiera el clima que el propio actor ha creado en sí mismo.
 
 
 
 
 
 
 
 
Para complementar el trabajo de los actores, hay que crear una atmósfera para la obra. Un aire especial que, en el momento en el que entras, te haga diferenciar esa obra de cualquier otra porque tiene su propio corazón. Esta atmósfera, que bien la crean los actores, tiene estar impregnada en el aire y que ayude a todo el mundo a dejar volar los sentimientos que el personaje que tenemos guarda dentro. Todo esto nos ayuda a crear un clima único que, por supuesto, cualquiera que vea la obra va a sentir como una oleada de pasiones. Podría decirse que a cada obra hay que darle un alma, que empieza cuando el director escoge la obra y la imagina y termina cuando se cierra el telón, con las risas y llantos todavía haciendo eco en las paredes del teatro.
 
Tenemos que conocer nuestra propia alma, dejar que los demás la conozcan y conocer, asimismo, la de nuestros compañeros para crear un único corazón sobre las tablas. De esta forma, el público notará la complicidad y la fluidez. La atmósfera se crea entre todos. Los elementos externos ayudan a crear esto, por ello, las luces y los altibajos de la música son tan importantes en la escena. Guiarán al espectador el sentido de la atmósfera que ha querido crear el director y ayudará a los actores en escena a dejar libres a sus personajes. Si detrás hay un buen trabajo, la armonía que todo crea se palpará en cada jarrón, cada llanto y en cada movimiento, porque será de verdad y será el personaje el que actúe y no el actor. 
 
No es casualidad que cada obra sea distinta, tenga su propia alma y que en ti despierte unas sensaciones distintas de la anterior. Aunque sí es cierto, esta es una de las muchas teorías que existen a la hora de pisar las tablas y que cada director empleará, o no, aunque a mí, personalmente, me gusta cómo lo siente Michael Chéjov.